En una modesta casa victoriana en el norte de California, una pequeña mesa redonda sirvió como laboratorio de investigación y desarrollo para Amy's Kitchen durante casi 30 años.
Allí, Fred, el chef original, presentaba las recetas de prueba a los fundadores Andy y Rachel Berliner para su degustación. De estas sesiones domésticas surgió un gigante de los alimentos congelados, con una facturación de aproximadamente 1.000 millones de dólares en ventas minoristas y casi 2.000 empleados en tres instalaciones culinarias.
Sin embargo, a pesar de su gran escala, los Berliner insisten en que su éxito radica en negarse a modernizar sus métodos, manteniendo una filosofía centrada en "cocinar alimentos, no fabricarlos".